sábado, 29 de mayo de 2010

Alma de ida y vuelta

Por Liliana Samir

Los lamentos saben a papaya y mango, a frijoles salteados y aderezados con
cilantro y cebolla… huele a ron de caña, sones de cumbia. Si el parque de La
Sabana era sereno y amplio, la avenida Central era bulliciosa, o al menos eso
recordaba. Se desdibujan los recuerdos, se empañan las imágenes del tiempo.
Los días eran lluviosos en verano, ¿verdad que sí, Valeria?. Cuando a las
cuatro de la tarde las nubes cerradas ocultaban el sol, un leve viento húmedo
te movía el cabello y, al instante, todo el cielo se deshacía y desgranaba
desatado en las acequias despintando los calores matinales. El invierno acá es
otra cosa, no sé andar en el frío. ¿Te acuerdas de Lucy Yazbeck, tan pizpireta,
mientras maquillaba su profundos ojos negros de pequeña libanesa?. Reías a
carcajadas con ella mientras comías mamones chinos recién comprados en la
pulpería del barrio. Natincito te contaba historias inverosímiles, la magia de las
noches sin estrellas.
Pero no sabía andar en el frío y nunca nos enseñaron a dormir envueltas en
nuestros brazos cerrados. Las nostalgias son cálidas cuando nos traen
recuerdos de allá, de Yazmín y Mariana, de Tati y Grettel.
Mirando este mar tranquilo que es tan igual y tan diferente del nuestro. El olor
marino del yodo es español, allá el mar huele a coco y maleza desordenada
porque la vegetación besa las olas cuando se acercan dando sombra a los
cangrejos y camarones. Aquí el pinar agreste mira desde lejos a la espuma que
acaricia la orilla, como con temor de perder el sentido, de angustiarse en la sal
abandonada por el calor de agosto. La costa africana, entre brumas y calima, te
contempla serena y sonriente, mostrando unos perfectos dientes blancos
enmarcados en el horizonte desdibujado del sur.
¿Sabes que mami sigue rezando entre telenovelas venezolanas desde nuestra
partida?, ¿que sigue yendo a misa de ocho con paso cada día más cansado?.
El día que llegué a España me dolían las manos, quizás de tanto jugar con mis
rizos en el asiento de turista de aquel pasaje eterno. Me dolían las
articulaciones de tanta esperanza y anhelo alimentado. Barajas era un cielo
metálico y la Castellana un pastel amargo. Caminaba preocupada por
encontrar una calle sinuosa, como las nuestras. ¿Quién lo entiende?, la Negra
se reiría si me escuchara, con esa risa fuerte y tosca que nace solo en las
gargantas caribeñas. Me diría, “¡Diay, qué pasó!”. Cada recuerdo prendido es
una pieza incompleta, un ladrillo tenaz que me acerca al jazmín y al limón
andaluz, a pinos y alcornoques silvestres; un bloque de adobe y estuco que me
aleja distraídamente del palo de platanero y el colibrí. ¿Ya te fijaste que en
España no hay colibríes?. Hay canarios, jilgueros y gorriones, muchos
gorriones. No vuelan quietos, pegan saltitos nerviosos... los miro y pienso, ¿por
qué los colibríes permanecen suspendidos libando de las flores?.
Suspendidas como los colibríes que cada mañana visitaban el jardín de nuestra
casa al olor del zacate recién cortado. Como si el tiempo se detuviera en una
dubitativa intermitencia, imágenes de ultramar, saltos entre el Pacífico y el
Atlántico helado, entre el Caribe y el Mediterráneo.
Cuando Haití tembló, yo temblé sorprendida porque acá se olvidan los
temblores, los caprichos de esa naturaleza desbordante. Ya no es el Arenal o
el Irazú quien me despierta arañando las entrañas de la tierra. Ya no hay
tormentas tropicales, ni temporada ciclónica; no hay satélites vigilantes para
conocer la ubicación del ojo del huracán, uno entre tantos, que pasea
casquivano e insolente los volantes de su pollera blanca, sobre islas
temerosas, sobre mi Centroamérica llagada y exultante, tropezando con casas
y palos de mango, con cien mil vidas aferradas en las torrenteras,
desparramándolas por los arroyos, devoradas por las hambrientas fauces de
cabezas de agua.
Cuando Haití tembló, yo temblé… no sé si de nostalgia o de alegría, alegría por
haber olvidado –de pronto era consciente- los ecos de la muerte y la catástrofe.
En aquella tierra se aprende, cada un tiempito, a erizar el vello en el imprevisto
e inconstante recuerdo de la finitud, en la constatación de ser carne,
insignificancia, en la evidencia de que la inmortalidad no existe.
Así que, ¿me oyes Valeria?, ando extrañada de mí misma. Casando gazpacho
y gallo pinto, rumba y swing criollo. Aprendiendo que ahorita y ahora no son
diferentes en esta tierra calmada y quieta, tan sorprendente y distinta. Que
somos tan iguales y tan extraños que, a veces, me siento mareada y perdida,
emocionada y contenta.
Me propuse aprender a cenar más tarde, hacerme a este ritmo extraño donde
el día empieza después y la noche termina tardísimo. A desayunar liviano y
pasear el centro de la ciudad en la noche. A no ser tan expresiva, a no
inquietarme por las palabras cortas y secas, a no requerir rodeos, a decir: “no”,
a “mandar para la mierda” sin complejos, a solo decir “buenos días”.
Te extraño mi amor, mi hija querida. Extraño al sol desnudo, que entra por las
celosías de nuestra casa a las cinco de la mañana, mientras recoges las ropas
en el cuarto de pilas. Me haces tanta falta que te traigo a mis labios, con sed
inagotable, en forma de chile picante que adorna el desayuno. Y te siento, mi
cielo, como el ardor prendida en mi boca que, insistente, repite quedito tu
nombre.
¿Sacaste a Perse a pasear?, recuerda que hay que peinarle ese pelo plateado
que tan lindo le adorna, con sus orejas gachas de perro bueno y obediente.
Cuida que no se revuelque en el jardín que se llena de pupas y calvillas
horribles. Recuerda que debe lucir como tú, bello y esbelto… digno de tus ojos
almendrados y del cabello colocho que resbala por tu espalda de niña curiosa y
responsable.
A veces duele, duele mucho. Pienso en qué hacer, en cómo liberarme de esa
mano invisible que me aprieta y atenaza la garganta entre tanto recuerdo
revuelto, entre tantas imágenes brillantes que pugnan por centrar mis pupilas
cansadas.
Y el vino es amigo, el vino adormece el sentido común. El vino me gusta
porque me roza los dedos, me alienta y enciende el rubor escondido que
duerme tranquilo, embozado, en la sombra. Me arrastra despacio a un sueño
que espero profundo, me empuja al cobijo de sábanas limpias y frazada
pintada a cuadros azules, marrones y negros.
El mar está atusado, medio verde y medio azul, a veces gris, y siempre
susurrando oscuras palabras, como sortilegios, en ecos reiterados de enigmas
antiguos. Ecos de sirena, sirenas de plata. Me encantan las sirenas de plata y
jade, ojos de jade negro para llorar ausencias previstas; plata de risa y luz, para
iluminar el tiempo entrelazado, los tres mil seiscientos segundos compartidos.
Sé que las sirenas de plata trabajan desnudas en los acantilados, cantando
salmos y plegarias, soñando noches de luna. Las sirenas esperan liberarse de
escamas argentas, desatar las piernas y entornar los ojos. Caminar sus pasos
sobre huellas dejadas, deambular en la arena los dedos pintados de ocre.
Llamadas al Ulises perdido, al mitológico y hermético viajero.
Mi ventana entornada contempla un techo de pinos piñoneros del monte
cercano, al cantar de gaviotas hambrientas. Respiro profunda la savia exudada,
el olor de lentisco y romero, y en las dunas cercanas ya sopla el levante que
desplaza la arena a un exilio constante y perpetuo, alimentando estas dunas
del sur que viajaron por siempre. Quizás ese grano perdido vivió un siglo en la
curva del Níger, en las faldas del Atlas. Quizás voló con el viento del sur,
atravesando las columnas de Hércules, posándose inquieto y revoltoso en la
Bolonia romana, a los pies de la estatua de Claudio. Quizás ese grano huidizo
oteó las bandadas de atunes que terminan su viaje de emigrados en el abrazo
finito de la almadraba, tras un eterno viaje desde el gélido y septentrional
Ártico.
Grano de arena, atún emigrante, mujer sirena… el viaje siempre sonoro y
curioso que a costa de vientos, corrientes marinas o magmas telúricos busca
morada y posada.
Valeria, mi vida, raíces de sangre. El cielo se expande al oeste, persigue el
ocaso donde habita mi alma. En la cima del Monte Chirripó alcanzo despierta,
despacio, al alba atlántica buscando sonrisas de fuego. En este vaivén aprendo
inconsciente a casar los ritmos cardíacos, a congelar el fuego solar, evaporar la
tierra quemada. En el alma compartida de cielo y de cieno, de luces oscuras,
de agua cerrada.
Hace años que vengo y voy, que aspiro y expiro los aires calmados y ciertos de
dos continentes que, tal vez, nacieron en cinco. Los ángeles negros que
entonan calypso, cadencias de sal marinera, de esteros donde bailan doradas y
sargos se citan contentos con ángeles blancos, de tragos, y tocan bordones de
guitarra en el zaguán de las casas del sur.
Sigo sin saber andar en el frío, pero alcanzo en la noche la paz que adormece.
Sigo sintiendo las nalgas heladas en el húmedo invierno si me falta la piel que
requiero, sigo moviendo los pies al sonido viajero de allende los mares, sigo
viviendo en el tiempo extrañada, existiendo… y completo la risa de hoyuelos
amados, y persiste el silencio cercano, el silencio soñado cargado de voces
que extraño

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