sábado, 29 de mayo de 2010

Matrioska

Mi queridísima hija,

Desde estas tierras lejanas, abstraída en la tristeza y la melancolía que provoca tu ausencia, observo el levante, añorando en secreto que su empuje me lleve a un lugar lejano, mágico, perfecto, dónde no tenga que tomar decisiones difíciles ni ocultar mis calambres tras sonrisas. Donde pueda estar con ambos sin sentirme demediada. Donde no pase gran parte del año añorando lo que la vida se resiste a darme. Pienso en ti, en tu piel de alabastro, en tus ojos chispeantes, en tu cabello de ébano, en los besos de sol que recubren tus pómulos, en tu ingenio impertinente, en tus besos de mariposa…
¿Te apetece que te cuente una historia?, ¿un cuento como aquellos que a menudo narré, mientras acariciaba una guedeja que escapaba de tu cola?, ¿aceptas, retoño mío, aún cuando hace tiempo que dejamos atrás esa bella costumbre?. Doy por hecho que cuento con tu venia, imagino el destello de tus frenillos al sonreír entusiasmada, tu mirada inteligente impropia para tu edad, cual sordo asentimiento.
Hoy, bella mía, te contaré la historia de Matrioska. Sé bien que sabes qué es una Matrioska. Aún recuerdo la ilusión en tu rostro cuando Diana te trajo una especialmente para ti y sólo para ti, como repetías hasta el cansancio, tras su viaje a Rusia. La atención con la que la estudiaste por unos segundos antes de animarte a abrirla. Una tras otra fueron saliendo las muñequitas de trajecito rojo y amarillo. Tu gozo no tenía límite. Pues bien, entre regalos y relatos del viaje, quedó olvidada la historia de la muñequita que posees y hoy quiero narrártela.
Sucedió una vez, en la región del Cáucaso, que existía un pobre carpintero de nombre Serguei. Vivía solo, con sus creaciones. Tenía un arte especial: sus manos transformaban cualquier madera en un objeto maravilloso: muebles, juguetes, instrumentos musicales, lo que deseara. Seleccionaba con precisión la madera necesaria y con tan buen ojo, que de un vistazo sabía en qué iba a transformarla.
Una mañana, tras una abundante nevada, salió a buscar maderos sin dar con ninguno que le gustase. Tras mucho caminar, vio el más hermoso de los troncos que nunca antes había recogido. La madera, blanquecina, parecía brillar bajo los primeros rayos, y del grueso del tronco surgía un halo de vida, casi tan intenso como el que tú tuviste al nacer. Serguei cogió con cuidado el tronco en sus manos y lo llevó a casa. Pero, aún con toda aquella fuerza que desprendía, el pobre carpintero no sabía qué fabricar con él. Debía ser, sin duda, algo muy especial. Tras mucho meditarlo, despertó una mañana decidido a transformar aquel tronco en una muñeca. Ese mismo día, comenzó a tallarla suave y delicadamente. Al terminar su obra, quedó maravillado y tan orgulloso del resultado que decidió guardarla para sí mismo, para que lo acompañara en su soledad, la bautizó Matrioska.
Cada mañana, Serguei se levantaba y la saludaba cortésmente antes de dedicarse a sus labores diarias:
- ¡Buenos días, Matrioska!
Día tras día, repetía el mismo saludo, contento de sentirse acompañado, hasta que una mañana una vocecita le respondió:
- ¡Buenos días, Serguei!
Maravillado, Serguei se acercó a la muñequita para comprobar que era ella quien hablaba y, al repetir el saludo y recibir la misma respuesta, se alegró enormemente de su dicha. Desde aquel día, cuando estaban a solas entablaban largas conversaciones. Serguei era el hombre más dichoso del mundo. Sin embargo, la dicha nunca es eterna, mi princesa pecosa.
Serguei observaba desde hacía un tiempo, que el brillo en los ojos de su muñequita rusa disminuía, día tras día, hasta que un día Matrioska despertó sumamente triste. Tras muchos ruegos, consiguió enterarse de la causa de su pena. Matrioska, cuando él salía a buscar leños o a vender sus obras, observaba por la ventana, esperando su regreso, y había notado que todas las criaturas tenían crías: los pájaros tenían polluelos, los osos, oseznos, las orugas caminaban orgullosas con una trenza de oruguitas tras ellas… La bella muñequita confesó, avergonzada, que anhelaba tener una hija…
¿Lo ves, pequeña?. Comprendes por qué esta historia me recuerda a ti?, ¿te conté alguna vez la ilusión que me hizo enterarme de tu venida?, ¿ y los mil bordados que te hice, que aún atesoro en el altillo?, ¿sabes que decoré tu habitación con mimo y esmero?. Sí, mi vida, sé que lo sabes. Lo has leído mil veces en tu Album de Bébé, aquel que mandé a traer de Francia, especialmente para ti, empeñada desde tu nacimiento en rodearte de tan bella lengua…
Bueno, continuemos con nuestra historia, pequeñaja, que sé que te exasperan mis divagaciones, ya parezco a Tita, ¿verdad?. Bien, quedamos en que Matrioska quería ser madre, pero para eso Serguei se encontraba en un dilema, pues debería abrirla y sacarle la madera que tenía dentro de ella. No sería fácil y podría ser doloroso para Matrioska. Al contarle su dilema, Matrioska respondió:
- Ya sabes que en la vida, las cosas importantes siempre suponen pequeños sacrificios.
Tras escuchar su razonamiento, Serguei no tuvo otra opción que proceder a la tarea. Abrió a la bella muñequita, y cuidadosamente extrajo la madera de su interior, con la cual hizo una muñeca casi exacta, solo que un poco más pequeña, a la que llamó Trioska.
Desde aquel día, cada mañana saludaba a sus muñequitas, encantado con su compañía. Pero ocurrió que también Trioska quiso ser madre, de modo que el viejo Serguei repitió el procedimiento, tallando así a Oska. Pasado un tiempo, también Oska quiso ser madre, pero al abrirla Serguei, se dio cuenta de que con la madera que quedaba, solo podría hacer una muñeca más. ¿Y entonces qué pasaría cuando esa nueva niña quisiera ser madre también?. Entonces, el viejo carpintero tuvo una idea brillante. En lugar de hacer una pequeña muñequita, talló un pequeño hombrecito, le dibujó grandes bigotes y lo plantó ante el espejo diciéndole:
-Mira Ka,... tú tienes bigotes. Eres un hombre, o sea, recuerda que no puedes tener un hijo o una hija de dentro de ti.
Después de esto, abrió a Oska y puso a Ka dentro. Cerró a Oska. Abrió a Trioska y puso a Oska dentro. Cerró a Trioska y abrió a Matrioska. Puso a Trioska dentro de Matrioska y le dijo:
- Ya has obtenido lo que querías, mi querida Matrioska, ahora no solo eres madre, también eres abuela y bisabuela. Tu sueño se ha cumplido, y como las orugas, tú también tienes una familia que te sigue allá donde vayas.
Y al morir el viejo Serguei, un coleccionista fue a observar sus pertenencias, encontrándose a la bella muñequita. Ahora Matrioska descansa en alguna estantería, o como en nuestro caso, vigila nuestras idas y venidas por la casa.
Esta tarde ventosa, a mi mente acude la historia de Matrioska, porque tú, mi pequeña Trioska, no estás en mi vientre, no estás a mi vera. Estás en nuestra tierra, custodiada por Matrioskas, Trioskas, Oskas y Kas. ¡¡Cómo te echo de menos, Vale!!
Confiemos, amada hija, que los vientos cambien y nos permitan reencontrarnos pronto, que nuestra separación sea corta y que descubramos juntas qué nos depara esta nueva tierra. Que los días pasen raudos. Que el azar nos dé cobijo. Recuerda las palabras de Matrioska: “las cosas importantes siempre suponen pequeños sacrificios”.

Te ama,

Tu Matrioska.

Alma de ida y vuelta

Por Liliana Samir

Los lamentos saben a papaya y mango, a frijoles salteados y aderezados con
cilantro y cebolla… huele a ron de caña, sones de cumbia. Si el parque de La
Sabana era sereno y amplio, la avenida Central era bulliciosa, o al menos eso
recordaba. Se desdibujan los recuerdos, se empañan las imágenes del tiempo.
Los días eran lluviosos en verano, ¿verdad que sí, Valeria?. Cuando a las
cuatro de la tarde las nubes cerradas ocultaban el sol, un leve viento húmedo
te movía el cabello y, al instante, todo el cielo se deshacía y desgranaba
desatado en las acequias despintando los calores matinales. El invierno acá es
otra cosa, no sé andar en el frío. ¿Te acuerdas de Lucy Yazbeck, tan pizpireta,
mientras maquillaba su profundos ojos negros de pequeña libanesa?. Reías a
carcajadas con ella mientras comías mamones chinos recién comprados en la
pulpería del barrio. Natincito te contaba historias inverosímiles, la magia de las
noches sin estrellas.
Pero no sabía andar en el frío y nunca nos enseñaron a dormir envueltas en
nuestros brazos cerrados. Las nostalgias son cálidas cuando nos traen
recuerdos de allá, de Yazmín y Mariana, de Tati y Grettel.
Mirando este mar tranquilo que es tan igual y tan diferente del nuestro. El olor
marino del yodo es español, allá el mar huele a coco y maleza desordenada
porque la vegetación besa las olas cuando se acercan dando sombra a los
cangrejos y camarones. Aquí el pinar agreste mira desde lejos a la espuma que
acaricia la orilla, como con temor de perder el sentido, de angustiarse en la sal
abandonada por el calor de agosto. La costa africana, entre brumas y calima, te
contempla serena y sonriente, mostrando unos perfectos dientes blancos
enmarcados en el horizonte desdibujado del sur.
¿Sabes que mami sigue rezando entre telenovelas venezolanas desde nuestra
partida?, ¿que sigue yendo a misa de ocho con paso cada día más cansado?.
El día que llegué a España me dolían las manos, quizás de tanto jugar con mis
rizos en el asiento de turista de aquel pasaje eterno. Me dolían las
articulaciones de tanta esperanza y anhelo alimentado. Barajas era un cielo
metálico y la Castellana un pastel amargo. Caminaba preocupada por
encontrar una calle sinuosa, como las nuestras. ¿Quién lo entiende?, la Negra
se reiría si me escuchara, con esa risa fuerte y tosca que nace solo en las
gargantas caribeñas. Me diría, “¡Diay, qué pasó!”. Cada recuerdo prendido es
una pieza incompleta, un ladrillo tenaz que me acerca al jazmín y al limón
andaluz, a pinos y alcornoques silvestres; un bloque de adobe y estuco que me
aleja distraídamente del palo de platanero y el colibrí. ¿Ya te fijaste que en
España no hay colibríes?. Hay canarios, jilgueros y gorriones, muchos
gorriones. No vuelan quietos, pegan saltitos nerviosos... los miro y pienso, ¿por
qué los colibríes permanecen suspendidos libando de las flores?.
Suspendidas como los colibríes que cada mañana visitaban el jardín de nuestra
casa al olor del zacate recién cortado. Como si el tiempo se detuviera en una
dubitativa intermitencia, imágenes de ultramar, saltos entre el Pacífico y el
Atlántico helado, entre el Caribe y el Mediterráneo.
Cuando Haití tembló, yo temblé sorprendida porque acá se olvidan los
temblores, los caprichos de esa naturaleza desbordante. Ya no es el Arenal o
el Irazú quien me despierta arañando las entrañas de la tierra. Ya no hay
tormentas tropicales, ni temporada ciclónica; no hay satélites vigilantes para
conocer la ubicación del ojo del huracán, uno entre tantos, que pasea
casquivano e insolente los volantes de su pollera blanca, sobre islas
temerosas, sobre mi Centroamérica llagada y exultante, tropezando con casas
y palos de mango, con cien mil vidas aferradas en las torrenteras,
desparramándolas por los arroyos, devoradas por las hambrientas fauces de
cabezas de agua.
Cuando Haití tembló, yo temblé… no sé si de nostalgia o de alegría, alegría por
haber olvidado –de pronto era consciente- los ecos de la muerte y la catástrofe.
En aquella tierra se aprende, cada un tiempito, a erizar el vello en el imprevisto
e inconstante recuerdo de la finitud, en la constatación de ser carne,
insignificancia, en la evidencia de que la inmortalidad no existe.
Así que, ¿me oyes Valeria?, ando extrañada de mí misma. Casando gazpacho
y gallo pinto, rumba y swing criollo. Aprendiendo que ahorita y ahora no son
diferentes en esta tierra calmada y quieta, tan sorprendente y distinta. Que
somos tan iguales y tan extraños que, a veces, me siento mareada y perdida,
emocionada y contenta.
Me propuse aprender a cenar más tarde, hacerme a este ritmo extraño donde
el día empieza después y la noche termina tardísimo. A desayunar liviano y
pasear el centro de la ciudad en la noche. A no ser tan expresiva, a no
inquietarme por las palabras cortas y secas, a no requerir rodeos, a decir: “no”,
a “mandar para la mierda” sin complejos, a solo decir “buenos días”.
Te extraño mi amor, mi hija querida. Extraño al sol desnudo, que entra por las
celosías de nuestra casa a las cinco de la mañana, mientras recoges las ropas
en el cuarto de pilas. Me haces tanta falta que te traigo a mis labios, con sed
inagotable, en forma de chile picante que adorna el desayuno. Y te siento, mi
cielo, como el ardor prendida en mi boca que, insistente, repite quedito tu
nombre.
¿Sacaste a Perse a pasear?, recuerda que hay que peinarle ese pelo plateado
que tan lindo le adorna, con sus orejas gachas de perro bueno y obediente.
Cuida que no se revuelque en el jardín que se llena de pupas y calvillas
horribles. Recuerda que debe lucir como tú, bello y esbelto… digno de tus ojos
almendrados y del cabello colocho que resbala por tu espalda de niña curiosa y
responsable.
A veces duele, duele mucho. Pienso en qué hacer, en cómo liberarme de esa
mano invisible que me aprieta y atenaza la garganta entre tanto recuerdo
revuelto, entre tantas imágenes brillantes que pugnan por centrar mis pupilas
cansadas.
Y el vino es amigo, el vino adormece el sentido común. El vino me gusta
porque me roza los dedos, me alienta y enciende el rubor escondido que
duerme tranquilo, embozado, en la sombra. Me arrastra despacio a un sueño
que espero profundo, me empuja al cobijo de sábanas limpias y frazada
pintada a cuadros azules, marrones y negros.
El mar está atusado, medio verde y medio azul, a veces gris, y siempre
susurrando oscuras palabras, como sortilegios, en ecos reiterados de enigmas
antiguos. Ecos de sirena, sirenas de plata. Me encantan las sirenas de plata y
jade, ojos de jade negro para llorar ausencias previstas; plata de risa y luz, para
iluminar el tiempo entrelazado, los tres mil seiscientos segundos compartidos.
Sé que las sirenas de plata trabajan desnudas en los acantilados, cantando
salmos y plegarias, soñando noches de luna. Las sirenas esperan liberarse de
escamas argentas, desatar las piernas y entornar los ojos. Caminar sus pasos
sobre huellas dejadas, deambular en la arena los dedos pintados de ocre.
Llamadas al Ulises perdido, al mitológico y hermético viajero.
Mi ventana entornada contempla un techo de pinos piñoneros del monte
cercano, al cantar de gaviotas hambrientas. Respiro profunda la savia exudada,
el olor de lentisco y romero, y en las dunas cercanas ya sopla el levante que
desplaza la arena a un exilio constante y perpetuo, alimentando estas dunas
del sur que viajaron por siempre. Quizás ese grano perdido vivió un siglo en la
curva del Níger, en las faldas del Atlas. Quizás voló con el viento del sur,
atravesando las columnas de Hércules, posándose inquieto y revoltoso en la
Bolonia romana, a los pies de la estatua de Claudio. Quizás ese grano huidizo
oteó las bandadas de atunes que terminan su viaje de emigrados en el abrazo
finito de la almadraba, tras un eterno viaje desde el gélido y septentrional
Ártico.
Grano de arena, atún emigrante, mujer sirena… el viaje siempre sonoro y
curioso que a costa de vientos, corrientes marinas o magmas telúricos busca
morada y posada.
Valeria, mi vida, raíces de sangre. El cielo se expande al oeste, persigue el
ocaso donde habita mi alma. En la cima del Monte Chirripó alcanzo despierta,
despacio, al alba atlántica buscando sonrisas de fuego. En este vaivén aprendo
inconsciente a casar los ritmos cardíacos, a congelar el fuego solar, evaporar la
tierra quemada. En el alma compartida de cielo y de cieno, de luces oscuras,
de agua cerrada.
Hace años que vengo y voy, que aspiro y expiro los aires calmados y ciertos de
dos continentes que, tal vez, nacieron en cinco. Los ángeles negros que
entonan calypso, cadencias de sal marinera, de esteros donde bailan doradas y
sargos se citan contentos con ángeles blancos, de tragos, y tocan bordones de
guitarra en el zaguán de las casas del sur.
Sigo sin saber andar en el frío, pero alcanzo en la noche la paz que adormece.
Sigo sintiendo las nalgas heladas en el húmedo invierno si me falta la piel que
requiero, sigo moviendo los pies al sonido viajero de allende los mares, sigo
viviendo en el tiempo extrañada, existiendo… y completo la risa de hoyuelos
amados, y persiste el silencio cercano, el silencio soñado cargado de voces
que extraño